Cuando has roto todas las barreras para llegar al punto donde querías estar, al sitio donde has esperado mucho tiempo, del que has imaginado lo mejor. El sitio con las personas adecuadas para vivir, donde podrías sentir el calor de una familia. Cuando has roto las barreras profesionales, las barreras geográficas, incluso la fe de otros. Cuando todo armoniosamente incomprensible a colaborado para romper todas aquellas ataduras que pudieron impedir tú logro, es cuando descubres ahí en el sitio, en el lugar preciso e indicado con las personas de tú “sangre” que tú ideología ha creado un abismo eterno que los separa.
Lo primero que se siente es tristeza que poco a poco va pasando a la impotencia, que confunde una y otra idea, para después aparcarte en furia interna, en la disyuntiva de lo que está bien y lo que no, en lo que debes hacer y lo que quieres hacer, en lo que sientes y en lo que puedes expresar, y una vorágine de sentimientos empiezan una danza imparable al son que le toques para finalmente quedar como al inicio, triste.
Y juegas a ser un ave fénix en pleno siglo XXI intentando una y otra vez levantarte para que algo venga y te derrumbe e iniciar un juego de nunca acabar. Y me pregunto cuántas veces el ave milenaria tendrá tantas vidas como un gato. Y me pregunto qué clase de jugarreta me ha hecho el destino ahora, qué ha pasado que no veo otra salida más que la que no quiero tomar, más que la que me lastimará, esa misma que no estaba escrita en mi memoria como una decisión obligada por la razón, la misma que el corazón se niega a creer que sea la única posibilidad.
Y pienso y repaso, como una plana en mi memoria, como una mecánica obligada que alguna razón debe haber oculta, que Dios debe tener algo planeado por ahí para nosotros como para unirnos y después separarnos por la estúpida razón de tener una ideología diferente. Quiero aferrarme a la idea del amor, a la fe, quiero sostenerme con uñas y dientes de alguna posibilidad remotamente oculta que veré dentro de no mucho. Quiero creer que esto tiene un futuro, que podremos algún día estar juntos por fin, para siempre, donde yo pueda darles amor, donde yo pueda cuidarlos, donde yo pueda protegerlos, donde yo pueda vivirlos, donde no sufran.
Lo primero que se siente es tristeza que poco a poco va pasando a la impotencia, que confunde una y otra idea, para después aparcarte en furia interna, en la disyuntiva de lo que está bien y lo que no, en lo que debes hacer y lo que quieres hacer, en lo que sientes y en lo que puedes expresar, y una vorágine de sentimientos empiezan una danza imparable al son que le toques para finalmente quedar como al inicio, triste.
Y juegas a ser un ave fénix en pleno siglo XXI intentando una y otra vez levantarte para que algo venga y te derrumbe e iniciar un juego de nunca acabar. Y me pregunto cuántas veces el ave milenaria tendrá tantas vidas como un gato. Y me pregunto qué clase de jugarreta me ha hecho el destino ahora, qué ha pasado que no veo otra salida más que la que no quiero tomar, más que la que me lastimará, esa misma que no estaba escrita en mi memoria como una decisión obligada por la razón, la misma que el corazón se niega a creer que sea la única posibilidad.
Y pienso y repaso, como una plana en mi memoria, como una mecánica obligada que alguna razón debe haber oculta, que Dios debe tener algo planeado por ahí para nosotros como para unirnos y después separarnos por la estúpida razón de tener una ideología diferente. Quiero aferrarme a la idea del amor, a la fe, quiero sostenerme con uñas y dientes de alguna posibilidad remotamente oculta que veré dentro de no mucho. Quiero creer que esto tiene un futuro, que podremos algún día estar juntos por fin, para siempre, donde yo pueda darles amor, donde yo pueda cuidarlos, donde yo pueda protegerlos, donde yo pueda vivirlos, donde no sufran.

0 comentarios:
Publicar un comentario